jueves, 17 de diciembre de 2009
sábado, 31 de octubre de 2009
El dia en que nací
De pronto el escenario cambió abruptamente, la calidez y alegría fue reemplazada por desesperación y oscuridad. El oxígeno escapaba rápida y peligrosamente de mis pulmones, el cordón umbilical se había enredado en mi cuello e intentaba dejarme atrapada en una oscuridad eterna, desesperada hice lo posible por salvarme pero mis manos torpes y pequeñas no pudieron hacer nada.
Justo en el momento en que pensé que había perdido la batalla, volví a ver la luz, me salvaron del cordón que me aprisionaba y pude respirar al fin.
El silencio reinaba en la habitación, no hubo llanto de mi parte, no aún cuando el malvado doctor me dio una palmada para obligarme a llorar. Según cuenta mi madre, quien nunca me ha mentido, dirigí mis ojos hacia el médico y lo miré por largo tiempo, indignada y con el ceño fruncido reprochándole por el acto de violencia cometido en mi contra.
Después levanté la cabeza e hice una detallada inspección del ambiente, todo era rosada, excepto por las armas de guerra, filudas y metálicas, que yacían amenazantes sobre una mesa, volteé la cabeza, horrorizada y decidí centrarme en algo más interesante. En una cama, despeinada y exhausta esta mi madre, a quien reconocí de inmediato, su estado era la prueba de lo terrible y arduo que había sido el combate que habíamos ganado a base de mucho esfuerzo. A su lado estaba una niña de casi cuatro años, con tres largas trenzas francesas que amarraban sus cabellos. Ella saltaba de un lado a otro cogiendo su pequeño bolso con forma de gato, mientras muy cerca de ella estaba mi papá, quien tendía abundante cabello y una horripilante barba. No pude contener mi horror al verlo así que grité con todas las fuerzas que pude, pataleé, arremetí con violencia en contra del doctor que me sujetaba y contemplaba atónito el primero de mis muchos berrinches.
Soy un conjunto de recuerdos guardados desde hace diecinueve años, en una caja de zapatos. Son recuerdos ordenados de forma aleatoria en las que diferentes etapas se mezclan y forman coloridos y extraños grupos.
La carta de mi madre esta en un sobre, junto con mi partida de nacimiento y la huella de mi pequeña pie, en ella me dice lo importante que soy y lo linda que es mi sonrisa. La de mi padre, escrita en una hoja rosada dice lo mucho que me amaban aun antes de haber nacido.
Estas encabezan las muchas cartas que he venido recolectando, por miedo a olvidar he colocado el día y fecha en las que las recibí, al igual que el nombre de quien me las entregó. La memoria es ingrata y por si las dudas todo debe estar bien catalogado. Las vuelvo a leer y muchas me dan risa, en la mayoría me pide perdón, supongo que habrá sinceridad en esas palabras, asi me gusta creerlo.
En las otras cartas y notitas están detalladas las aventuras que viví con mis amigas, recuerdos de esas tardes en el que sentadas en el jardín leíamos Harry Potter, jugábamos, tratábamos de conquistar al mundo, cantábamos y bailábamos en medio de los pasillos de la academia de inglés y hacíamos la promesa de ser amigas por siempre y recorrer el mundo juntas.
Colocadas en una bolsa especial están las cartas, postales, fotos y dibujos que guardo desde hace 7 años. Son enviadas desde México por una de mis hermanas, quien es exactamente un año mayor que yo ya quien nunca he visto en persona. Pero con quien comparto no sólo la fecha de cumpleaños, sino también recuerdos alegres y tristes, consejos y el saber que en otra parte del mundo ambas tenemos una gran familia, que si bien no esta unida por la sangre, lo está por un lazo de amistad.
También soy la carta de despedida y agradecimiento que le escribí a mi maestra del colegio, la cruz que guardo desde mi primera comunión, el libro de oraciones desde mi papá, el corazón de jabón ahora derretido que me regaló una maestra, las muñecas de mi abuela Irma y la cartas del tarot de mi abuela Juana, que guardo cerca de la vela con la que accidentalmente quemé a Mónica, mi hermana y madrina de confirmación.
miércoles, 28 de octubre de 2009

Yo no tengo una mascota, yo soy la mascota, al igual que mi familia y millones de humanos que se creen “dueños” de criaturas peludas y de 4 patas.
Sirius Lupin Black Rodríguez Málaga, es pequeño, odioso, peludo, blanco como una oveja y con una gigante nariz negra. Hijo único de mis padres y consentido de la casa.Sus pasatiempos son saltar en los sillones, morder zapatos, comer todo el día y escuchar en la radio canciones de Leo Dan, Roberto Carlos y Ricardo Montaner.Cada vez que escucha una de sus canciones favoritas, se echa en la alfombra, cierra los ojos y se relaja, supongo que en esos momentos estará pensando en las cosas que le gustará hacer cuando salga de paseo, quizá correr por el parque, molestar a las palomas o seguir a la pequeña dálmata que tanto le gusta.
Para molestarlo cambio la estación de radio y comienza a sonar una canción de cumbia, inmediatamente salé de su estado de relajación, abre los ojos y me mira con una expresión de amargura contenida. Esos lindos ojos marrones me dicen con cierto tono de amenaza que si aprecio mi vida y mis zapatos, será mejor que regrese a la estación anterior y que ni me atreva a cambiarla de nuevo. Le pido perdón por la ofensa, soy conciente que él capaz de cumplir con la amenaza.
Es un pequeño rey y mis padres, hermana y yo somos sus humildes súbditos. Cuando tiene ganas de salir al parque y meditar largamente en uno de los árboles, lo único que tiene que hacer es coger su collar con su hocico y caminar decidido hacia uno de sus esclavos que obviamente tienen el deber de atenderlo o al menos eso lo que él piensa. Observa cuidadosamente a su victima, con delicadeza deja el collar a sus pies y con calculada intensidad le informa con la mirada cual es la misión que le esta encargando. A veces el pobre y tonto humano se rebela y le dice que no es el momento de salir. Grave error, Sirius con justificada indignación procede a vengarse. Ya sea utilizando el balcón como retrete, arañando las paredes, atacándonos los tobillos o jalándonos el cabello. Nuestro amo deja sentir su rabia y nosotros humildes esclavos aprendemos la lección de la peor forma.